viernes, 18 de agosto de 2017

LOS YIHADISTAS QUE VOLVIERON A UNIR A ESPAÑA


18 de agosto de 2017, el día en que España se volvió a unir. El día en que unos yihadistas malnacidos volvieron a unir a este país. Ellos querían lo contrario: sembrar el pánico, el miedo, el odio. Sí, claro que en esos momentos cundió el pánico, claro que hubo miedo, seguramente que los que vivieron el atentado terrorista desearan estar en una mala pesadilla. Pero al día siguiente, cuando la ciudad se despertó, no había miedo, no había pánico. Respeto, pero como hay que tenerlo con todo.

La ciudad y España se levantó dispuesta a condenar ese maldito atentado. La Plaza Cataluña de Barcelona se llenó de miles y miles de personas dispuesta a mostrar su repulsa por lo ocurrido. Y ahí estaban ellos, dispuestos  a mostrar sus condolencias. Cuando hablo de “ellos” hablo de azules, de rojos, de morados, naranjas o amarillos fluorescentes. Da igual el color del partido que representen, hoy han dado una lección de que si quieren pueden. Hoy han querido mostrarse unidos, han querido decir “NO AL TERRORISMO”, han querido decir “NO TINC POR”.

Y para más INRI, ahí estaba, el Jefe del Estado, en la Comunitat de la Discordia. (En otra ocasión entraremos en debate de si debe ocupar el puesto que ocupa o  no. No es el momento). Y esto es algo que la ciudad de Barcelona ha entendido a la perfección. Ni un silbido, ni un abucheo. No era el momento. Chapeau por Barcelona. Ni una sola bandera independentista, ni una bandera republicana, ni una bandera española. Porque los yihadistas no han atacado a unos o a otros. Nos han atacado a todos. Me han atacado a mí, te han atacado a ti, han atacado a los míos y a los tuyos, han atacado a los que hace unos días paseábamos justo por ahí, sin ser conscientes de la masacre que apenas 72 horas después iba a ocurrir, han atacado a los que ayer, 17 de agosto paseaban por las Ramblas.

Estoy convencido de que no atacan a Cataluña sin España, ni a España con Cataluña. Atacan una forma de vida que ellos envidian, atacan unos principios, atacan unos valores que no tienen. Atacan a familias, atacan sentimientos, atacan a la humanidad, que de esto también carecen.  Atacan vidas inocentes, atacan a niños en edades que no merecen pasar por lo que tuvieron que pasar. Atacan a seres indefensos que todavía no entienden cómo puede haber tanto odio en este Mundo. Odio que estas criaturas no entienden porque el odio, al contrario que la materia, sí se crea, pero ellos todavía no lo han creado. Porque el ser humano por naturaleza es bueno, pero nos corrompemos con el paso del tiempo. Y esta gentuza está muy corrompida.

Yendo al trabajo esta tarde escuchaba la radio y un testimonio decía que dudaba mucho que  a esos niños que han atacado (porque son niños), sus familiares les hubieran dado el amor que necesitaban cuando eran más pequeños. Yo también lo dudo. Realmente no lo dudo. Lo sé.

Barcelona y Cataluña, las sedes de la discordia, el territorio que a los políticos españoles les quita el sueño, hoy se ha portado como lo que es: una ciudad de los pies a la cabeza, una ciudad con historia, una ciudad con educación, que también la hay aunque a veces haya quien no lo crea.

Sin embargo, una cosa en la que hemos fallado los españoles ha sido en el morbo que nos ha dado compartir vídeos desagradables, en publicar falsas noticias como si fuéramos especies carroñeras. Nunca, nunca, nunca en mi vida me quiero ver envuelto en una situación así. Pero creo que tengo claro que si ayer me hubiera encontrado en las Ramblas, el móvil lo habría utilizado para llamar al servicio de emergencia, no para grabar cómo se desangraba una persona a mi lado. Somos humanos y debemos demostrar nuestra humanidad en esos detalles. Evidentemente no han sido todos, evidentemente hay mucha gente que se decidió a ayudar desde el primer momento, sin saber si habría una réplica o si aquello ya había acabado. Hubo gente que dio comida, que dio refugio, que regaló bebidas en sus negocios, incluso taxistas que regalaron “carreras” para sacar a los allí presentes de aquel infierno. Bravo por estos seres anónimos que probablemente nunca conoceremos públicamente. Los que quisisteis crear alarma social, aprended de las personas que teníais al lado.

Y da mucha pena pensar en el niño de Rubí, de tan solo 3 años, que apenas había empezado a conocer la vida, y murió. Da lástima ver un carrito de bebé en plenas Ramblas y al lado una niña de corta edad con las manos en cabeza sin entender lo que allí había pasado. Da pena, da coraje, da asco que haya gente que pueda realizar estas acciones.

Pero hoy más que nunca, la normalidad, la tranquilidad, la PAZ debe reinar.

Como dice Sabina en “Noche de bodas": QUE LOS QUE MATAN SE MUERAN DE MIEDO.

Ni el miedo, ni el pánico, ni el odio se pueden apoderar de nosotros.

Y hoy, quizá solamente hoy, GRACIAS a nuestros políticos por mostrar unidad, por mostrar que han remado todos en una sola dirección. Esperemos que no se quede en un hecho aislado y lo practiquen más a menudo.

Esto también va dedicado a las 14 personas que perdieron la vida a manos de unos desalmados. Porque ayer fuisteis vosotros, pero podría haber sido cualquiera. DEP.

 
                                                                           NO TINC POR.
                                                                                  NO SOIS NADIE.

sábado, 27 de mayo de 2017

T.E.Q.U.I.E.R.O

        Tú. Tú y nadie más. Tú y yo. Nosotros. Solo tú has conseguido lo que nadie había conseguido hasta el momento. Diciéndolo así suena raro. Pero solo tú has conseguido hacerme feliz por una sencilla razón: me has dejado ser yo. Y si yo soy yo, y tú eres tú, somos y seremos nosotros. Nosotros. Qué bien suena eso, un plural inclusivo que adoramos. Porque eres tú la que me hace sonreír cuando estoy serio, cuando he pasado un día duro, cuando he estado triste, cuando estoy agobiado. Eres tú la que me da el abrazo nada más abrir la puerta de casa y me espera con una sonrisa de oreja a oreja que alegra la mirada y el corazón. Eres tú la que me besa con la dulzura que solo tú sabes hacer. Eres tú la que me comprende en cada momento. Eres tú la que me quiere con todos mis defectos, tal y como son, tal y como soy. Eres tú la que me hizo entender que no tengo que esconder ni un solo rasgo de mi personalidad para gustarte. Eres tú la que me quiere. Eres tú y solo tú. Eres.

             Estás. Eres y estás. Nada tienen que ver. Uno es permanente, el otro pasajero. Permanecemos y permaneceremos. Pero, además, estás. Estás a mi lado cuando te necesito. Estás en los momentos buenos y en los menos buenos. Estás. Estás como una cabra y eso me encanta, porque sabes cómo tratarme en cada momento, sabes cómo comportarte, sabes, así, en general. Sabes. Sabes qué me pasa con solo mirarme, lo sabes y me lo haces saber: “dime qué te pasa porque no sabes mentir”. Cuánta razón tienes. Ni sé, ni te quiero mentir. Porque, aunque me haga el duro estoy deseando contártelo para que acabemos en un abrazo de “siempre vamos a estar juntos”. Estás y estarás. Estaremos.

            Quédate. No hace falta que nos lo pidamos, nos lo demostramos. Yo me quedo y tú te quedas. ¿Dónde? Da igual, pero juntos. Quédate a mi lado para seguir haciéndome feliz. Yo, te prometo, que no me voy a separar del tuyo. Vamos a quedarnos como vinimos, como esos niños ilusionados que empezaban una etapa tan bonita, con la misma ilusión que el niño que estrena zapatos nuevos, con el mismo sueño de entonces: hacerte feliz. Quédate que yo me quedo. Vamos a ir de la mano hasta el final, como dos en uno y uno en dos. Quiero que te quedes conmigo, pero, a la vez, sé completamente independiente. Y, a pesar de eso, quédate conmigo. Entra cuando lo tengas que hacer, sal por ahí cuando te apetezca, conmigo o sin migo, con tus amigas, sé esa niña que llevas dentro, sé esa mujer que eres, sé tú. Yo me quedo.

         Unidos. Porque, aunque estemos o hayamos estado separados en algún momento por kilómetros y kilómetros, realmente estamos unidos. Porque unidos podremos con todo, porque unidos es como hemos estado y estamos. Porque unidos nos ha ido tan bien, porque unidos nos gustar ir por la calle. Unidos, aunque cada uno pueda disfrutar de su espacio. Unidos, aunque podamos ir tranquilamente con nuestros amigos. Porque no nos hace falta no separarnos para seguir estando unidos. Unidos porque nos lo hemos prometido. Unidos, porque nos nace estarlo. Unidos, porque nos lo merecemos. Unidos, porque nos queremos. Unidos, porque te quiero.

              Idiotas. En el buen sentido de la palabra y con todo el cariño del mundo, pero somos idiotas. Como todas las parejas que se quieren, todas. Porque nos enfadamos, nos fruncimos el ceño, nos callamos y dejamos pasar un rato. Idiotas porque estamos deseando reconciliarnos, porque no nos sabemos enfadar, porque no nos queremos enfadar de verdad. Idiotas, porque damos pie a eso. Idiotas, pero idiotas que se quieren. Y si nos enfadamos, nos reconciliamos. Y el que diga que no se enfada, miente como un bellaco. Idiotas, pero muy, muy afortunados. Idiota por hacerte enfadar, idiota por consentirlo, pero me gustas incluso cuando estás seria, cuando estás enfadada, cuando estás sin hablarme. Me lo merezco, por hacerte enfadar. Idiota por tardar demasiado en pedirte perdón. Idiota, enamorado.

            Educación. Sí, había visto educación, había visto gente que la mostraba, sí, la había visto. Pero tú la muestras, la sostienes y la lanzas al aire. Y cuando cae la vuelves a coger. Y el que está a tu lado, lo único que quiere es parecerse a ese boomerang de educación. Porque por más que alguien te provoque, te tiente, trate de sacarte de tus casillas, cuando parece que no puedes más, el boomerang vuelve a tus manos y sacas la mayor educación que te caracteriza. Esa educación y saber estar. Esa conciencia de dónde te encuentras en cada momento y tu adaptación a la situación.  Esa eres tú. El temple, la sangre fría que a veces es fácil perder cuando alguien de fuera, en el ámbito que sea, la hace perder a los de tu alrededor. Y ahí estás tú, para decir: “Para, piénsalo. No es para tanto”. Y lo mejor: “Juntos, unidos, juntos lo vamos a solucionar”. Y, por si no lo habías conseguido ya lo suficiente, me vuelves a ganar. Y, por si no lo habías hecho ya con creces, me vuelves a demostrar que la edad no importa para demostrar educación, madurez y saber estar.

                Roma. Si la lees al revés es amoR. No es capicúa, pero sí es reversible. Porque tu amor me lo demuestras cada día, desde por la mañana, cuando te levantas conmigo para que no desayune solo a pesar de que tú no tengas que madrugar, hasta que llego de trabajar y está todo preparado. Sin que tengas ninguna obligación, pero has hecho la comida para que yo disponga de más tiempo para descansar después del trabajo.  Me lo demuestras con un “te quiero”, con un abrazo o con una sola caricia. Cuando me tocas la mejilla con tus dedos, cuando me miras profundamente con tus ojos cristalinos, cuando me haces cosquillas o cuando pones lo que me gusta en la tele, incluso si a ti no te gusta. Porque son detalles, pero la vida, la felicidad, el amor está hecho de pequeños detalles. Ni se compran ni se venden, se dan, se sienten, se ofrecen como tú, sin esperar nada a cambio. Gracias, amoR.

                Objetivos. Porque no hay nada más bonito que ir cumpliendo nuestros objetivos, nuestras metas, nuestras promesas. Ver cómo pasa el tiempo y aquello que habíamos planeado lo hacemos, los tiempos los cumplimos y todo llega. Y si algo tarda en llegar, no pasa nada. ¿Por qué? Porque nos tenemos el uno al otro. Pero todo llegará, antes o después.  ¿Y cómo lo vamos a hacer? Tú y yo, Estando juntos, Quedándonos para siempre, Unidos como el primer día, aun siendo unos Idiotas, con Educación y con mucho amoR.  Porque si sumas la primera letra de cada párrafo da un resultado y es poco de lo que siento por ti, una sola parte de lo que me haces sentir, algo mínimo que no puede expresarse con unas letras. Pero, si te fijas lo pone:

T.E.Q.U.I.E.R.O

                

viernes, 26 de mayo de 2017

(NO) "Son cosas de niños"

¡Gorda/o! ¡Fea/o! ¡Foca! ¡Ballena! o ¡Maricón! Joder, ¿quién puede deprimirse por adjetivos así entre chavales de Primaria? Si son cosas de niños.

- “Tu hijo está insultando a mi hijo/a y le está haciendo pasar un mal curso”.  
- “¿Mi hijo? ¡Eso son cosas de niños!”

                Ahí está el problema, en que el acoso escolar, el maltrato entre niños se fragua en casa. Tu hijo es un niño, pero cuando toma la decisión de ir en contra de alguien, de insultar, pegar, vejar a un compañero, deja de ser un niño y se convierte en un arma. No es un arma blanca, ni de fuego. Es un arma contagiosa, infecciosa. Porque los niños de su alrededor van a querer estar a su favor con tal de no verse envueltos en los mismos insultos que recibe el que, hasta entonces, era su amigo. Y tú, como padre, lo estás viendo, te lo estás imaginando, lo intuyes porque es tu hijo y sabes que no se está portando bien con otro niño, pero te la está pelando. OLÍMPICAMENTE. Y entonces, tú eres cómplice de esa arma contagiosa.

                Piénsalo e imagina que un día llega tu hijo/a a casa, después de un día en el cole con los “amigos” y te dice: “Papá, mamá, en el colegio me insultan”. Y así un día y otro y otro. Y una semana y otra y otra. Y se extiende en el tiempo más de lo que tú querrías y de lo que niño se merece. ¿De verdad pensarías que son “cosas de niños”? ¿De verdad ibas a tener la poca sangre y la pachorra de dejar que denigren a tu hijo/a? ¿De verdad piensas que, como niños, se les va a pasar la moda de meterse con él/ella? No, ¿verdad? ¿Entonces por qué sigues permitiendo que alguien que es carne de tu carne lo haga pasar mal a otra persona? Una persona que no tiene culpa de nada. Que tan solo es distinto al resto porque alguien, algún estereotipo, ha dictaminado que no es lo normal. O quizá, el estereotipo lo ha marcado tu propio hijo, como buen acosador, simplemente porque el acosado saca mejores notas, se ha desarrollado antes, es más inteligente o porque simplemente a tu hijo, el acosador, le JODE que el acosado sea feliz en su familia. Simplemente eso, porque a tu niñito del alma le jode que sea feliz, que se traten bien, que viajen juntos, que hagan planes en familia. Pero vosotros no los hacéis. Por eso, tu hijo lo hace y tú, que lo sabes, lo consientes.

                Ponte las pilas, reconoce que, el pacífico angelito que anda por casa como si no hubiera roto un plato en su vida, está haciendo algo mal. O lo que es mejor, reconoce que tú también estás haciendo algo mal. Reconoce que lo estás mimando más de la cuenta, que le estás dando más caprichos de los que deberías. OJO, no estoy diciendo que no lo quieras y lo trates como el ser intocable que es para ti. Pero, igual que para ti es intocable, para otros padres también el suyo lo es. Y cada uno va a sacar las garras por su cría, igual que en una manada de leones. El/la guaperas, el/la pijito, el/la modernito que has creado está haciendo más daño del que piensas. Y ha creado su banda de secuaces, sus seguidores, dispuestos a regirse por las normas que el cabecilla del grupo les dictamine con tal de no ser un acosado más, con tal de reírle las gracias al “jefe”, con tal de no verse envuelto en una absoluta depresión. Y eso, hace unos años en España tenía un nombre.

                Ojo con la bestia que estás creando.


                Tu hijo es tu hijo, pero páralo antes de que lo conviertas en un delincuente.

viernes, 13 de febrero de 2015

¡TU ÚNICO RIVAL ERES TÚ!

Un día decides que ha llegado la hora, que es el momento. Lo pruebas y te gusta. Y repites. Y al día siguiente quieres más. Estás deseando que llegue la próxima ocasión. Al principio te cuesta. Las primeras veces con 20 minutos tienes más que suficiente. Superas esa barrera y te vas a por la media hora. Estás ahí un tiempo pero pronto pasas a los 40 minutos porque te ha gustado. Aumentas tiempo y distancia. “Te picas” contra ti mismo. Tratas de superarte. Ves el progreso que, aunque lento, va llegando. Notas que el esfuerzo va dando sus frutos. Sacas tiempo de donde sea. Incluso, haces algo que parecía impensable, te quedas un sábado en casa porque has quedado el domingo para hacerlo. Acabas de trabajar, te tomas algo rápido que te de fuerza, y te pones a ello.

                Así es como yo empecé a correr. Poco a poco, paso a paso y ahora, sinceramente, creo que no podría dejar de hacerlo. Me gusta. Disfruto haciéndolo aunque en algunas salidas sufra. Pero ese sufrimiento merece la pena. Porque ese sufrimiento será el que te ayude en tu próxima salida, en tu próxima carrera. Tu cabeza, tu respiración, tus sueños, tu mirada al frente y a correr.

                Miras en blogs, pides información sobre zapatillas, te descargas entrenamientos o te buscas un preparador, buscas carreras por tu zona para inscribirte en una lo más pronto posible. La climatología no te importa. Si llueve te pones un chubasquero, si hace frío te abrigas y si hace calor te esperas a que baje el Sol. Pero salir, sales a correr. Valoras mucho más (al menos yo lo hago) a cualquier persona que ves practicando este deporte, sea cual sea su ritmo, sea cual sea su edad. Pero cuando se trata de gente mayor lo valoras todavía más. Sabes el esfuerzo que está haciendo esa persona para seguir practicando algo que seguramente le apasione.

                Desde la ignorancia de todo el sacrificio que supone preparar y acabar una carrera, más o menos larga, es muy fácil hablar de lo lento que va un corredor, de su ritmo de carrera o de su posición en la misma. Es muy fácil decir eso de “si no vas a ganar, ¿por qué corres?”. Primero, para darle de qué hablar a los que pueden comentar eso o cosas similares. El último en cruzar la línea de meta ha llegado antes que esos que hablan sin dar un paso.  Y segundo, el que corre no lo hace para competir contra nadie (a no ser que lo hagas de manera profesional). El que corre, los que corremos de manera amateur lo hacemos para ganarnos a nosotros mismos, para superar nuestras propias barreras, para decirnos que sí que podemos hacer eso que hace tiempo creíamos impensable. Para mejorar nuestros tiempos pero, sobre todo, para sentirnos mejor con nosotros mismos. Porque tu único rival eres tú.  Porque correr te da alas, te da la libertad que necesitas antes o después de trabajar. Te ayuda a evadirte del día a día y, por supuesto, por beneficio físico. Por eso también lo hacemos.

                Hasta hace cosa de dos años, todos mis ídolos salían por la tele y jugaban al fútbol. A parte de esos que sigo manteniendo, han aparecido algunos más “terrenales”. Uno de ellos es un buen amigo,  triatleta, se llama como yo y ya le dediqué un post en el blog. El otro se ha ganado un puesto entre ellos a la fuerza. Porque cuando practicas este deporte te das cuenta, como he dicho antes, del sacrifico que supone preparar cualquier carrera. Y más si esas carreras son de larga, larguísimas distancias: Ironman, triatlones más “normalitos” o carreras de montaña en las que se hace de noche literalmente. Y un ídolo no es más que alguien que tienes como referente, alguien que hace cosas que tú crees que eres incapaz de conseguir pero que algún día te gustaría probar porque, cuando lo cuenta, sabes que sería una de las experiencias de tu vida. Y más cuando no lo hace por dinero, no lo hace por fama, simplemente lo hace por pasión. No es rápido, no tiene un cuerpo de atleta pero tiene las dos cosas que hacen falta para conseguir ser un “finisher” en las pruebas que se propone: espíritu de superación y los cojones más grandes que el caballo del Espartero.  Por esto, Álvaro Bolinches se ha ganado un puesto entre ellos.

Quiero seguir superándome, quiero seguir practicando este deporte, quiero seguir progresando. Quiero conseguir cosas que hasta ahora no he hecho. Y como quiero, lo voy a conseguir.
                                                                                 
 “Un atleta no puede correr con dinero en los bolsillos. Debe hacerlo con fe en su corazón y sueños en su cabeza”,  Emil Zatopek


viernes, 28 de noviembre de 2014

¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!



La Real Academia define “hermano-a”, en su primera acepción, como la persona que con respecto a otra tiene el mismo padre y la misma madre, o solamente el mismo padre o la misma madre”.

¿Y ya está?

¿Dónde define todos los momentos que dos hermanos pasan juntos? ¿Dónde recoge que, a parte de compartir los padres, se comparte mucho más?
 
Porque ser hermanos no significa únicamente eso. Ser hermanos significa tener a alguien a tu lado en quien confías y que confía en ti. Alguien que, por muy enfadados que podías estar, no te falla. Alguien que te quiere, te cuida y te protege. Alguien que, aun después de haber discutido, te mira a la cara para hacerte saber que sigue ahí. A tu lado.

Ser hermanos significa tener a alguien que te da todo lo que posee a cambio de nada. Alguien con quien poder dormir cuando tienes miedo (sea cual sea el motivo). Alguien que te da los mejores consejos en cualquier ámbito de la vida, a cualquier hora de día y en cualquier lugar porque, simplemente, quiere lo mejor para ti.

Ser hermanos significa tener a alguien que, por muy lejos que estéis geográficamente,  te proporciona su aliento cuando has tenido un día duro. Ya sea por teléfono, por mensaje o con señales de humo si hace falta. Es tener a alguien que te ayuda a sentar la cabeza para que dejes de hacer las estupideces de siempre.

Tener un hermano significa tener a alguien con quien poder reír, con quien poder viajar, con quien poder disfrutar, con quien poder “pegarte” tus mejores noches. Alguien con quien reconstruir los hechos de la noche anterior porque se os fue de las manos.  Alguien que es a la vez un amigo.

Tener un hermano significa tener a alguien que te cubre las espaldas para no quedar en evidencia. Delante de quien haga falta, sin importarle mentir con tal de que no te pase nada.

En definitiva, tener un hermano significa tener a alguien que nunca, nunca, nunca te va a fallar.

Este año estamos más lejos de lo que hemos estado en nuestra vida, pasamos más tiempo sin vernos del que hemos estado hasta ahora. Pero, por mucha distancia que nos separe o por tiempo que estemos sin compartir un ratito juntos, sé que siempre que te necesito sigues  ahí. Y, por mucho que escriba aquí, nunca podría acabar de poner lo que significa que seas mi herman. Nunca podría acabar de poner lo que significas para mí. Nunca podría poner lo que, para mí, significa ser tu hermano.
Sin todos esos momentos la definición que da la RAE está completamente vacía de significado. No sabe que “hermano-a” no se puede definir en 2 simples líneas.

            Por todo eso, y por muchísimo más, FELIZ 27 CUMPLEAÑOS.

                                                                   ¡TE QUIERO!

jueves, 16 de octubre de 2014

¡QUIÉN TE HA VISTO Y QUIÉN TE VE!


Dicen que cuando somos niños queremos hacernos pronto mayores. Pero, también dicen que cuando somos mayores queremos volver a ser niños. Aunque esto último todavía no lo sé.

Queremos hacernos mayores y lo intentamos forzar demasiado rápido. Deseamos “volar del nido”, irnos a estudiar fuera para tener esa libertad que se nos niega en casa. Se nos niega porque no la merecemos, porque nuestra madurez no ha llegado sino a la edad suficiente como para poder votar, nada más.

Contamos los meses, las semanas y, finalmente, los días para irnos a una ciudad desconocida en mayor o menor medida a vivir a nuestras anchas. A no dar explicaciones a nadie, a salir un día sí y otro también. A ir de cañas porque ya eres universitario y eso es lo que has oído que hay que hacer. Ir de botellón a casa de un compañero o, mejor todavía, a tu piso. Eso sí que es una idea fabulosa. ¡¿Cómo no se te había ocurrido antes?! Meter en tu piso a cerca de 20 personas como si estuvieras en un chalet a las afueras, sin molestar a nadie. Porque si tú estás de fiesta y tu vecino no lo está es porque “es un muermo”. Sin importar que llegue la policía. No te importa, para nada. Tu único lema es: “aquí nadie me conoce”. Y eso te da la libertad absoluta para hacer lo que se te pase por la cabeza. No hay un mañana. Solamente se vive el día.

Tus relaciones sociales. Eso es fundamental. Hay que hacerse popular, conocer a mucha gente, cuanta más mejor. Tienes que darte prisa en conocer a gente. Tienes que tener un grupo y hacerte el mejor amigo de todos. Porque sabes (bueno, crees) que van a ser para siempre. Que serán amigos inolvidables. Sí, algunos con el tiempo lo son pero, la mayoría, siento decepcionarte: no pasarán de los años de carrera.  

 Quieres irte de tu pueblo o ciudad a otra (y cuanto más lejos mejor) a gastar “tu dinero,” sin pensar que ese dinero que consideras tuyo es el dinero de tus padres, que se ocupan semana tras semana de llenar tu pobre cartera. Ese dinero que crees que cae por la chimenea y que es casi su obligación darte para que el niño pueda gastar en sus caprichos. Porque sí. ERES UN NIÑO.  Ese dinero que has pedido, en más de una ocasión, para fotocopias. Claro, tus padres se acaban de caer de un árbol y son gilipollas. Pues ellos te lo dan aun sabiendo que  las únicas fotocopias que vas a hacer son las de los carteles de tu fiesta.

¿Y qué me decís de la libertad de comer lo que te salga de las mismísimas narices? Pero vaya, llegas de la universidad y ESTÁ LA MESA SIN PONER Y LA COMIDA SIN HACER. Como decía Macauly Culkin en “Solo en Casa”: “Mamá, ¿dónde estás?”. Y tú que pensabas que la comida aparecía en la mesa en el momento oportuno, de la nada. Pero, por suerte, la independencia temprana ha dado grandísimos chefs. Así que, ahí estás tú: preparado para hacer la mayor exquisitez que jamás habrías imaginado que serías capaz: lentejas al microondas. ¿De quién? De MAMÁ. Porque no solamente se encargan de llenarte los bolsillos, también te llenan la nevera. Aún así, tú sigues pensando que eres independiente y te vales por ti mismo. ¡OH, BENDITO MICROONDAS!

Transcurre un día, otro y otro. E irremediablemente llega el viernes, día de volver a “tu cruda realidad”. Hay que volver a casa a pasar el fin de semana. “Joder, con lo bien que estoy aquí”. Pero te dices: “recuerda, la nevera. Hay que llenar la nevera”. Entonces “tu cruda realidad” se hace más llevadera.

Pero tú no puedes volver a casa así, sin más. ¿Qué le vas a contar a tus amigos?  ¿Ni un teléfono de una chica? Por ahí sí que no. ¿Relaciones serias? De eso nada. Hemos venido aquí a jugar. Tú quieres una semana con una y otra semana con otra. Ya habrá tiempo de sentar la cabeza. Así que, el jueves te pones tus mejores galas (según el punto de la geografía española de cada universitario las mejores galas varían bastante), te engominas bien, te pones tu mejor perfume (en realidad es colonia que has comprado con lo que te sobraba del botellón) y allá vas. ÁNIMO Y AL TORO. La noche se divide en dos tramos: el rato que vas sereno y no le entras a ninguna porque te da vergüenza, y el rato que vas tan sumamente bebido que en lugar de hablar sueltas perdigones a discreción y espantas al personal. Y, como no te has comido un colín al final de la noche, el viernes te toca tirar de imaginación, si es que el garrafón permite a las ideas pasar por tu cabeza, e inventar una historia lo suficientemente creíble como para dejar a tus amigos con la boca abierta. Un corro, tus amigos escuchando, tú eres el centro de la conversación, tus mentiras tus aliadas y tus amigos que te dicen que sí pero por dentro no se están creyendo ni una palabra.

Así pasas 3,4, 5 o, en el mejor de los casos para ti (en el peor de los casos para el prestamista, o sea tus padres), incluso más años.
 

Cuando todo eso ha pasado, echas la vista atrás y sabes que no fuiste sino un completo pardillo con el que se podría haber hecho de todo. Tú no te comiste el Mundo porque no sabías cocinar. Y el Mundo no se te comió a ti porque le dabas lástima.

Sin embargo, paradojas de la vida, ahora que te ha tocado irte lejos de casa, un poco más maduro (lo justo, tampoco vayamos a flipar) y con algún año más te das cuenta de que el dinero no cae por la chimenea. El dinero se consigue con sacrificio y constancia. Ya no derrochas como antes y la noche que lo haces pesa sobre ti durante varios días. Hay que ahorrar para volver a casa, para hacer ese viaje que llevas tiempo esperando o para, simplemente, tenerlo. ¡Qué cosas!

Echas de menos los tupper. ¡Quién te lo iba a decir a ti! Ha llegado el momento de desenvolverte de verdad en la cocina. Un cocido son palabras mayores pero algo de caliente hay que comer de vez en cuando. El espíritu de Macauly vuelve a ti como hiciera años atrás, con la diferencia de que ahora sí que valoras ese plato calentito. Porque sabes que no te vas a comer el Mundo, lo que realmente quieres es comer un plato en condiciones sin tener que salir a un restaurante. Al final, “te las apañas”, pero no es lo mismo.

Lo de ser el Rey del Mambo y conocer a toda la gente que se cruza por tu camino se lo dejas a las nuevas generaciones. Quieres conocer gente, sí. Hacer amigos, tener con quien salir en una ciudad lejana a la tuya, sin embargo, eres realista y sabes que el mejor amigo de todos no puedes ser. Por lo que valoras mucho más volver a casa y estar con los amigos de siempre, los de verdad. Esos que aunque llevéis tiempo sin veros siempre tenéis tema de conversación. Y con el tiempo no tratas de mentirles. Si “no te comes una rosca” lo cuentas con total confianza. Porque da mucha pereza inventar historias y tener que creértelas tú mismo.

¿Salir todos los jueves? De eso nada. Las resacas pueden durar mucho. Mucho más de lo que pensabas que podrían durarle a ese chico que antes era capaz de salir 5 días seguidos de fiesta y el domingo comer como si viniera de hacer deporte. Además, tienes una verdadera obligación: el trabajo. No ir a clase suponía no firmar el parte de asistencia. Nada más. No ir a trabajar te puede suponer una firma, pero un poco más dura.

Y ese gigoló que creías estar hecho quedó atrás. Aunque alguna vez intente resurgir de sus cenizas, como el Ave Fénix, te puedes permitir el lujazo de no salir durante varios sábados seguidos, con lo que ahora llamas TU PLANAZO DE FIN DE SEMANA: sofá, manta y peli. Y, si debajo de esa manta extiendes tu mano y encuentras la de alguien más, mejor.

Eso sí, el sábado que sales que no te esperen despierto porque lo das todo. La cabra, aunque la lleves a la playa, siempre tirará al  monte.


Irremediablemente los años pasan. Cuando echas la vista atrás piensas: “¡QUIÉN TE HA VISTO Y QUIÉN TE VE!”.

viernes, 29 de agosto de 2014

¡OLOR A ESPLIEGO!

A pesar de quedar todavía una semana, a pesar de estar a cientos de kilómetros de Utiel ya lo puedo oler. No se trata de un olor real, se trata de un olor metafórico. Un olor en el ambiente, un olor en el ánimo de los utielanos, un olor especial. Ya huele a espliego.
El espliego. Ese olor característico de Utiel durante sus fiestas, las de su Patrona y la de todos los habitantes de nuestra localidad. Ese olor que nos embauca. Ese olor que, si lo sacamos de contexto, nos evoca a los maravillosos días de fiesta, tradición y costumbres. Ese olor que nos recuerda que nos quedan por delante diez días de disfrute tanto a nivel religioso como festivo.
Si bien es cierto, que muchos de nosotros durante el resto del año no somos practicantes, muchos ni siquiera creyentes. Pero, de los días 5 al 15 de septiembre, nuestros sentimientos son un poquito diferentes. Unos sentimientos que afloran desde el momento en que nuestra Patrona, la Virgen del Remedio, sale del Santuario y que se acentúan cuando atraviesa el puente de la Mesilla para posarse durante unos minutos en ella, con toda la localidad observando, escuchando, quedándonos con cada uno de los acontecimientos que allí se van desarrollando. Como si fuera la primera vez que lo vemos. Ahí es cuando el olor a espliego se hace real. Son unos minutos mágicos, nostálgicos, con el nudo en el estómago. Unos minutos que nos hacen recordar a nuestros seres queridos que tanto disfrutaban en esos momentos y que, lamentablemente, ya no pueden hacerlo.
Un olor que nos recuerda a calles engalanadas, a luces de colores iluminando nuestras calles. Visillos que se recorren para ver pasar a la Reina y su Corte de Honor, balcones repletos de vecinos esperando su momento. Porque ese es nuestro momento. El momento de disfrutar lo que tanto llevamos esperando. Cientos de cámaras intentando inmortalizarlo y, con el tiempo o con la lejanía, poder decir “yo soy de allí”.
Un olor que nos recuerda a la Alameda con sus puestos, sus tómbolas, sus atracciones, sus chocolate con churros que no pueden faltar en estos días. Un olor que, por supuesto, nos recuerda a las carpas. Esas carpas repletas de utielanos, de peñistas que tan solo pretenden disfrutar de lo que es suyo: las fiestas de su pueblo. Jóvenes y no tan jóvenes esperando el pistoletazo de salida del día 5 para sacarle todo el jugo a la Feria.
Unos días que, lamentándolo mucho y sin darnos cuenta, se acaban. Y qué mejor forma de poner punto y final a ese ambiente que con el desfile de carrozas. Y cuando eso ocurre, desearíamos que fuera ya 5 de septiembre del año siguiente.
Ahora que llevo más de un año viviendo fuera de mi casa, de Utiel, y al decir a la gente que soy de un pueblo de las afueras de la provincia de Valencia, me preguntan si realmente me siento valenciano. Pues bien, no lo tengo claro. Lo que sí que tengo claro es que me siento de los míos, me siento de mi familia, me siento de mis amigos, me siento de mis seres queridos. ME SIENTO DE UTIEL.
Y, muy probablemente, la gente de fuera no sabe lo que es ese sentimiento. Como nosotros tampoco sabemos los sentimientos de otras localidades. Pero lo que bien es cierto, es que esto solo plasma una milésima parte de dicho sentimiento.
                                                                             ¡VIVA UTIEL!
                                                                             ¡VIVA LA FERIA DE UTIEL!